
Mientras muchas expresiones tradicionales desaparecen en Perú, Brasil y otros países de la cuenca amazónica, las comunidades de La Chorrera logran un importante reconocimiento para preservar su herencia cultural.
Las danzas tradicionales de La Chorrera, en el corazón del Amazonas colombiano, fueron inscritas oficialmente en la Lista Representativa de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación. Así lo anunció el Consejo Nacional de Patrimonio Cultural durante una sesión realizada en el Teatro Colón de Bogotá.
Estas danzas ancestrales, cultivadas por los pueblos Uitoto, Minika, Bora, Okaina y Muinane, no son simples actos festivos. Constituyen expresiones profundas de memoria, espiritualidad, conexión con la naturaleza y transmisión de conocimientos que han perdurado durante siglos. A través del canto, el movimiento y los rituales colectivos, estas comunidades enseñan su lengua, su visión del mundo y su vínculo con el bosque.
“Estos bailes no son solo una expresión artística: son prácticas de sanación, manejo territorial, enseñanza del idioma, lúdica y conexión con lo no humano. Su preservación es también una forma de conservar los ecosistemas y los sistemas de conocimiento que los habitan”, afirmó Juan Carlos Gittoma, vicepresidente de la Asociación Zonal de Cabildos Indígenas de La Chorrera (AZICATCH).

La Chorrera está ubicada en el departamento del Amazonas, sobre la cuenca del río Igara Paraná, a 184 m s.n.m. Compuesto por los centros poblados: La Chorrera, Santa María y Vegsam Vega San Miguel, en este territorio de 12 670 kilómetros cuadrados se encuentran asentados los pueblos indígenas uitoto, bora, ocaina y Muinane.
Danzas desaparecidas
La migración de los jóvenes, la presión cultural externa, la escolarización ajena al contexto local y la falta de políticas públicas sostenidas han llevado al abandono de danzas que durante siglos formaron parte esencial de la vida comunitaria. Algunas ya han desaparecido por completo, como la danza de la anaconda entre los Yagua del Perú o el baile del murciélago entre los Nawa del suroeste amazónico brasileño. En Ecuador, varias formas coreográficas asociadas al ritual del tabaco se han perdido en comunidades kichwa del Napo, mientras que en Bolivia los cantos-danza de invocación del agua practicados por los Esse Ejja dejaron de ejecutarse hace más de dos décadas.
La alarmante disminución de prácticas tradicionales ligadas a la música, la danza y la espiritualidad indígena llevó a AZICATCH a solicitar la inscripción de las danzas tradicionales de La Chorrera, como parte de un proceso comunitario iniciado en 2019 con el respaldo del Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas SINCHI. Este esfuerzo dio lugar al Plan Especial de Salvaguardia (PES), elaborado entre 2022 y 2024 con la participación activa de sabedores tradicionales, autoridades indígenas y jóvenes de las comunidades.
“El PES fue necesario para que nuestras prácticas no se desdibujen”, explicó Manuel Zafiana, sabedor tradicional de AZICATCH. “Mientras los bailes sigan vivos, seguirá vivo nuestro vínculo con el bosque, el territorio, la salud y la alegría de nuestro pueblo”.
El plan contempla cinco líneas estratégicas orientadas a garantizar la continuidad de estas expresiones: transmisión de saberes, investigación, emprendimientos culturales, divulgación y gobernanza. Su implementación busca no solo proteger una manifestación cultural, sino revitalizar un sistema de vida que integra cuerpo, tierra, espíritu y comunidad.
Juan Felipe Guhl, del Instituto SINCHI, señaló que esta distinción “reconoce la fuerza viva del conocimiento ancestral y reafirma el papel de los pueblos indígenas en la protección del patrimonio biocultural de la Amazonía colombiana”.
Las danzas de La Chorrera —como el baile de la coca, del yagé, del pescado, entre otros— siguen presentes en las malocas y rituales de las comunidades amazónicas, manteniendo vivo un legado cultural que dialoga con la naturaleza y con las raíces más profundas del país. Con esta inclusión, Colombia reafirma su compromiso con la protección de su diversidad cultural y con las voces que la mantienen viva, frente a un contexto regional en el que muchas de esas voces están siendo silenciadas.




