Por Nelson Yupanqui Gómez
El Valle de los Ríos Apurímac, Ene y Mantaro (VRAEM), corazón de la producción de cacao peruano y modelo de desarrollo alternativo, afronta una tormenta perfecta que amenaza con socavar décadas de esfuerzo. El cambio climático ha desestabilizado los microclimas de la selva alta, traduciéndose en sequías más intensas o, por el contrario, en lluvias excesivas e inoportunas que estresan la planta. Este desequilibrio hídrico y térmico ha exacerbado la virulencia de la Moniliasis (Moniliophthora roreri), el hongo que pudre la mazorca y es capaz de arrasar una plantación. En la práctica, esto se traduce en una pérdida económica directa que puede superar el 35% de la producción en zonas de alta afectación, impactando directamente en la capacidad de las familias para subsistir y desincentivando el cultivo lícito frente a actividades ilegales. Es imperativo que el Estado peruano reconozca la dimensión de esta crisis y articule una respuesta científica y económica audaz.
La magnitud de la pérdida no es teórica. Investigaciones en otros contextos cacaoteros han estimado pérdidas de rendimiento de hasta 35.9% a causa de la Moniliasis y la Escoba de Bruja, lo que puede significar un promedio de USD 1,042 por productor anualmente en asociaciones pequeñas (Dialnet, 2023). En el VRAEM, donde la productividad promedio ya es baja (entre 600 y 800 kg/ha), el impacto de la moniliasis sobre los ingresos es catastrófico, especialmente cuando se devalúa el precio de venta en el campo. Si a esto se suma una disminución general del 3.1% en la producción total de cacao en el VRAEM en 2023 (PRODUCE, 2024), se configura un escenario de alta vulnerabilidad para las más de 700 mil familias agricultoras que dependen de esta cadena productiva a nivel nacional. La falta de inversión en mitigación es, de hecho, un subsidio a la vulnerabilidad y un riesgo para la estabilidad social.
La crisis exige una Agenda de Estado inmediata con enfoque de innovación y resiliencia para el VRAEM que bien podrían resumirse donde, el Estado, a través del INIA, debe declarar prioritaria la investigación para el desarrollo y propagación masiva de clones de cacao que combinen la calidad de aroma peruano con la resistencia a la Moniliasis y la adaptación al estrés hídrico-térmico. El presupuesto para mejoramiento genético no debe ser un gasto corriente, sino una inversión estratégica de seguridad alimentaria y económica.

Asimismo, para contrarrestar la sequía y estabilizar el rendimiento, se necesita un programa nacional que subsidie la instalación de sistemas de riego por goteo en el VRAEM. Esto debe ir de la mano con la promoción de Sistemas Agroforestales (SAF), que brindan sombra, conservan la humedad del suelo y crean amortiguadores climáticos, migrando del monocultivo insostenible.
En esta misma línea se debe crear una red de extensionistas agrícolas profesionales que utilicen la data geoespacial del SENAMHI y SENASA para emitir alertas tempranas de riesgo de Moniliasis y brindar asistencia técnica focalizada en el manejo integrado de plagas (podas sanitarias, uso de biofungicidas), directamente en las comunidades.
También se debe establecer un Fondo Nacional del Cacao (FONACAO) con recursos destinados a financiar la renovación de plantaciones viejas o altamente afectadas, proporcionando el material genético resistente desarrollado por el INIA y créditos blandos para el periodo no productivo de las nuevas plantas.
Aprovechar la declaratoria del VRAEM como zona de interés nacional (DS) para impulsar una política que garantice un precio base diferenciado y más justo para el cacao que cumpla con estándares de calidad y sostenibilidad, vinculándolo a la trazabilidad y certificación que exigen los mercados premium internacionales.
La inacción del Estado frente a esta triple amenaza —Clima, Plaga y Pérdida Económica— es una sentencia para el productor del VRAEM. Las organizaciones cacaoteras están demostrando un liderazgo impresionante en calidad, ganando premios internacionales, pero no pueden solas contra la naturaleza y la falta de soporte científico. Lo que está en juego no es solo una commodity, sino un proyecto de vida para sacar a miles de familias de la economía ilegal.
El desafío es claro: debemos dejar de ser exportadores de materia prima y convertirnos en exportadores de conocimiento y resiliencia cacaotera. Solo una inversión masiva y sostenida en innovación puede blindar el VRAEM y la Amazonía peruana de un colapso productivo. La hora de la inversión estratégica en el campo, no de los paliativos, ha llegado.





