
Elecciones ediles
Como si se tratara de elegir entre la vida o la muerte, los electores van llegando a sus mesas de votación.
Es domingo. Son las primeras horas de la mañana y, desde las 7:00 poco a poco comienzan a llegar. Algunos caminan solos; otros lo hacen acompañados de sus familias. Hombres y mujeres de distintas edades, muchos de ellos hijos de quienes alguna vez llegaron buscando un lugar donde vivir y una oportunidad para salir adelante.
Hoy vienen a votar.
Recogen un pedazo de papel y un lapicero y se dirigen a la cabina. Allí, por unos segundos, quedan solos frente a su decisión.
Marcan un aspa.
Los rostros lo dicen todo.
Hay ilusión, dudas, cansancio y, sobre todo, esperanza.
Como si en ese pequeño trazo estuviera depositada la posibilidad de cambiar algo.
Quizá, mientras marcan la cédula, muchos se preguntan:
¿Esta vez sí lo cumplirá?
¿Esta vez será realidad nuestro sueño?
Porque detrás de cada voto hay una historia.
Está la madre que espera mejores servicios para sus hijos. El agricultor que necesita caminos para sacar su producción. El joven que busca una oportunidad. La familia que espera seguridad, agua, pistas, parques y una ciudad donde vivir con dignidad.
Son sueños que pueden parecer pequeños para quienes hacen discursos desde una tribuna.
Pero para quienes los esperan, son enormes.
Y ahí están los electores, depositando en una cédula algo más que una preferencia política.
Depositan confianza.
Depositan esperanza.
Tal vez también depositan una última oportunidad.
Los personeros observan. Los miembros de mesa cumplen su tarea. Afuera, la gente espera su turno. La jornada electoral transcurre entre conversaciones, silencios, miradas y recuerdos.
Porque muchos ya han vivido otras elecciones.
Ya escucharon promesas.
Ya vieron candidatos recorrer calles, estrechar manos, abrazar niños y asegurar que esta vez todo será diferente.
Y, sin embargo, vuelven a votar.
Porque la esperanza tiene esa extraña capacidad de sobrevivir a las decepciones.
Porque siempre queda la ilusión de que alguien cumpla.
De que alguna vez la palabra empeñada se convierta en obra.
De que el desarrollo no se quede solamente en un discurso.
La política suele hablar de grandes proyectos, de presupuestos, de cifras y de futuro.
Pero el ciudadano común piensa en algo mucho más sencillo:
En su calle.
En su barrio.
En su familia.
En su futuro.
Y por eso ese pequeño trazo sobre la cédula tiene un significado enorme.
Un aspa puede parecer apenas una marca de tinta.
Pero para muchos representa la posibilidad de que algo cambie.
Hoy todos tienen el mismo poder frente al ánfora.
El humilde y el poderoso.
El joven y el adulto mayor.
El que tiene mucho y el que tiene poco.
Todos depositan un voto.
Y después, cuando las mesas se cierren y los resultados comiencen a conocerse, llegará el momento de contar las promesas y, sobre todo, de recordar quiénes las hicieron.
Porque ganar una elección no es el final.
Es apenas el comienzo.
Después vendrán los días difíciles, las decisiones, las obras, las necesidades y una población que seguirá mirando.
Esperando.
Preguntando.
Exigiendo.
Y quizá, dentro de algunos meses, cuando vuelva a caminar por aquella misma calle, frente a aquella misma obra prometida, la gente vuelva a preguntarse:
¿Esta vez sí?
Ojalá.
Ojalá esta vez sí sea.
Que el aspa no haya sido solamente una marca sobre un papel.
Que sea el comienzo de una esperanza.
Una esperanza que no vuelva a ser defraudada.



