Por Nelson Yupanqui Gómez
En el VRAEM, territorio tantas veces reducido en el discurso público a cifras de violencia o economías ilegales, existe una realidad que pocas veces ocupa titulares: la de niños y jóvenes que crecen aprendiendo a trabajar la tierra con dignidad, conocimiento y esperanza. Allí, entre chacras de cacao y fermentadores artesanales, se está gestando una generación que sueña con un VRAEM más pacífico, productivo y justo.
Tiene apenas 13 años y ya comprende que la calidad del cacao no termina en la cosecha. Sabe que la poscosecha —la fermentación, el secado y el cuidado del grano— es el paso decisivo que transforma un fruto común en un cacao capaz de competir en mercados exigentes. No lo aprendió en un aula convencional, sino acompañando a su familia, observando, preguntando y practicando. Aprendió haciendo, como se ha transmitido el conocimiento agrícola durante generaciones.
Este aprendizaje no es explotación ni abandono escolar, como algunos discursos apresurados pretenden etiquetarlo. Es formación temprana, identidad y responsabilidad compartida. En muchas familias cacaoteras del VRAEM, enseñar a los hijos el manejo del cacao es también enseñarles a valorar el esfuerzo, el trabajo honesto y el arraigo a su territorio. Es demostrarles que el desarrollo no llega desde fuera, sino que se construye desde la chacra, con conocimiento, organización y compromiso.
La poscosecha del cacao es, además, una metáfora poderosa. Así como el grano necesita tiempo, cuidado y paciencia para alcanzar su mejor calidad, el VRAEM necesita políticas sostenidas, oportunidades reales y miradas menos estigmatizantes para consolidar la paz. Los jóvenes que hoy aprenden a fermentar y secar cacao están, en realidad, aprendiendo a transformar su entorno, a romper ciclos de exclusión y a apostar por una economía lícita y sostenible.
Cuando un adolescente del VRAEM entiende que un buen proceso de poscosecha mejora el precio del cacao, fortalece la economía familiar y abre puertas a nuevos mercados, también comprende que su futuro puede ser distinto. Que no está condenado a repetir historias de violencia o informalidad. Que su conocimiento tiene valor y que su territorio posee un enorme potencial.
Hablar de un VRAEM más pacífico no es solo hablar de seguridad o de presencia del Estado. Es hablar de educación pertinente, de relevo generacional y de jóvenes que encuentran en el cacao una oportunidad real de vida. Es reconocer que en esos aprendizajes cotidianos, silenciosos y casi invisibles, se están sembrando las bases de un desarrollo verdadero.
Quizá allí, en la mirada atenta de un joven de 13 años cuidando la fermentación del cacao, esté una de las respuestas más claras a lo que el VRAEM necesita: menos estigmas y más confianza en su gente.





